Stephen Glass, un fraude periodístico

Publicado: marzo 27, 2013 en Aitana García Cantos

Aitana García

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“Aquí no se escapa nada. Si no lo tienes comprobado, no lo entregues”, con estas palabras aconsejaba el “riguroso” de Stephen Glass a un compañero de redacción. Sin embargo, hace quince años el periodista de Forbes.com Adam Fonenberg desenmascaró a este joven reportero que sí logró que sus textos pasaran el filtro de la prestigiosa revista de The New Republic. Stephen Glass disparó las alertas en la profesión poniendo en jaque la credibilidad del suplemento del The New York Times y sólo tenía 25 años.

Con una carrera prometedora, el carisma desmesurado de Glass, su elocuencia y la brillantez de sus “historias” calaron hondo entre la redacción del The New Republic. El director de cine Billy Ray trasladó esta historia a la gran pantalla en el 2003. El precio de la verdad (nunca mejor dicho) articula toda la trama desarrollada por el reportero para salvaguardar la veracidad del artículo que lo precipitó al descrédito profesional: “Hack Heaven”. En éste, Glass expone un relato asombroso que cuenta cómo un adolescente hackea con destreza a una empresa y luego ésta negocia un contrato con el chaval para que sea su consultor de seguridad.

A pesar de lo insólito del caso, no es la primera vez que se vulneran los principios éticos del periodismo. The Washington Post, que desmoronó la cúpula del Partido Republicano con el caso Watergate, tuvo una experiencia non grata con Janet Cooke, otra joven reportera que logró un premio Pulitzer (nada más ni nada menos) con su reportaje “El mundo de Jimmy”. Más recientemente, el 11 de mayo de 2003 The New York Times reconoció en portada que uno de sus redactores, Jayson Blair, había publicado decenas de artículos falsos, tergiversados o manipulados durante años.  Se suma a esta bochornosa lista el caso de Jack Kelley, el reportero más célebre del diario USA Today, que dimitió en enero de 2004 después de la acusación del propio periódico por los continuos embustes del periodista acerca de sus informaciones.

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Stephen Glass

En la línea de estos fraudes, el engaño de Stephen Glass permite extraer cinco conclusiones críticas al respecto:

          La veracidad de las fuentes como premisa en la ética periodística. La literatura es una disciplina íntimamente relacionada con el periodismo, ya que éste es el oficio de  contar historias. No obstante, una diferencia abismal separa a la una del otro. El periodismo relata historias basadas en hechos reales, con informaciones contrastadas y contextualizadas, y las fuentes son la clave de la calidad de los textos. El error de Glass, elegir la profesión equivocada convirtiendo la ficción en su mayor baza y atentando contra uno de los pilares sobre los que se asienta la profesión.

          La confirmación de la calidad periodística de lo digital. Adam Fonenberg y Forbes.com destaparon un pastel más bien amargo con el caso de Stephen Glass. Sin embargo, éste puso de manifiesto el papel fundamental que comenzaban a jugar unos medios digitales incipientes que recibían miradas de recelo por parte de las tradicionales cabeceras en papel. El peso de la credibilidad periodística se situó en aquella ocasión en las pantallas de los ordenadores y en cierta manera sentaron un precedente. En estos momentos en los que la profesión es la segunda menos valorada y dicha credibilidad se ve amenazada por un sistema que reverencia a los accionistas de los medios, algunos periódicos digitales como eldiario.es o infolibre se sitúan como un referente de calidad. El rigor periodístico no se mide en formato, sino en contenido.

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Película basada en la historia de Glass

          Jóvenes estrellas estrelladas. Stephen Glass, al igual que Janet Cooke o Jayson Blair, iniciaron unas carreras vertiginosas hacia la fama que quedaron truncadas por el empleo de atajos inapropiados. El periodista Howard Kurtz afirmaba que existe un grupo de “jóvenes lobo” que no están dispuestos a seguir los pasos que marca la profesión, y Rich Blow añadía que la razón era el afán de “conseguir pronto tanto dinero como la gente célebre de la que escriben”.

          Las armas de los buenos directores. “Un buen director defiende siempre a sus redactores”, acuñaba Glass como si se tratara de la verdad absoluta. Por lo general, los medios prestigiosos profesan una confianza ciega hacia sus redactores, porque llegar a formar parte de la redacción de determinadas cabeceras bien se merece el respeto y el crédito que guardan los directores. Sin embargo, el caso de Stephen Glass dejó en evidencia que a pesar de ganarse la lealtad de sus compañeros, su director Charles Lane adoptó, ante todo, la posición de un buen periodista. El director de TNR desconfió de las informaciones que le comunicaban y trató de averiguar por sus propios medios la verdad sobre aquel caso, incluso acompañando a Glass al hotel en el que se produjo el embrollo de la historia del periodista.

          El papel básico de los mecanismos de autorregulación. Cuando se rompe el primer compromiso ético de la profesión como es el respeto a la verdad, los mecanismos de autorregulación se deben convertir en el cancerbero de los periodistas y de los contenidos que éstos publican. La FAPE estableció un Código Deontológico aprobado en 1993 en el que se establecen las normas sobre las que se debe asentar el periodismo. Un periodismo que tiene el objetivo de erigirse libre para actuar como ese cuarto poder y salvaguardar los derechos fundamentales de los ciudadanos. El caso de Glass demostró que en esta ocasión los métodos cometieron un error garrafal, no obstante, la competencia (Forbes.com) participó de esa regulación mediante la investigación exhaustiva que reveló la verdad.

https://www.youtube.com/watch?v=A1fcF9LLjYE

Como la Memoria Histórica debe estar presente entre los ciudadanos, este caso debe quedar grabado en la Memoria del colectivo de la profesión para que no se repita. Stephen Glass fue el lobo disfrazado de cordero, un novelista hecho periodista y descubierto con las manos en la masa. Su historia queda archivada en los anales del periodismo como un mito significativo pero reconocido bajo la etiqueta “mal referente”.

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