Sin veracidad no hay periodismo

Publicado: marzo 19, 2013 en Verónica Gómez Carrasco
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Verónica Gómez

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“Quiero que crean que yo fui un buen periodista, una buena persona”. Con estas palabras, Stephen Glass trataba de lavar su imagen. Han transcurrido 15 años desde que la revista digital Forbes destapara sus continuas invenciones. Adam Penenberg, periodista de dicha publicación, intentó comprobar lugares, fechas y datos del artículo “Hack Heaven” encontrando en su lugar un montón de mentiras que desmoronarían la carrera de Glass.

Muchos son los casos con nombre propio que han avergonzado al periodismo: desde Janet Cooke a Jayson Blair, pasando por una lista (por desgracia) considerable. Todos ellos han servido, o deberían servir, para hacer reflexionar a periodistas y consumidores de información sobre el “todo vale” en el que se ha convertido la profesión. Atendiendo a lo sucedido con Stephen Glass podemos añadir algunas reflexiones a esta debacle:

  1. La verificación de fuentes es una máxima necesaria pero poco practicada. Un fraude de tales magnitudes en una publicación como The New Republic, la única que viaja en el avión presidencial, sólo puede explicarse de una forma: los medios han descuidado la premisa de la que debe partir cualquier información: la veracidad y, por tanto, la posibilidad de poder recurrir a las fuentes cuando sea necesario. Este escándalo dejó en evidencia, una vez más, que la información que consumimos descansa sobre unos pilares nada firmes. Pero… ¿por qué?
  1. El fast-journalism y el periodismo de estrellas son el caballo de Troya de la profesión. Ésa es la respuesta. El periodismo cocinado a fuego lento ha sido desterrado, aunque ahora intenta recobrar su puesto. En su lugar se buscan historias impactantes y económicas a partes iguales, lo que desemboca en una presión que recae sobre el periodista y, por tanto, sobre la calidad de la información que recibe el público. Lo que comienza con detalles inventados o datos sobreentendidos puede desembocar en historias totalmente irreales ante las que nadie hace el más mínimo intento de comprobación.
  1. Hasta el profesional más carismático está obligado a aportar pruebas de su trabajo. El caso Glass se plasmó en la película El precio de la verdad (Shattered Glass). En una de las escenas finales, la recepcionista da una de clave que ahorraría bochornos al mundo del periodismo: “esto se habría solucionado con fotografías”. No se trata sólo de exigir pruebas y realizar las correspondientes verificaciones; también de no pasar por alto este proceso bajo el amparo de la reputación, el carisma o la confianza que inspira el periodista en cuestión. La profesionalidad debe primar por encima de cuestiones personales.
  1. La clave: autorregulación. Competencia, presiones políticas, empresariales o publicitarias son sólo algunas de las razones por las que a menudo los medios presentan contenidos carentes de interés, perjudiciales para determinados sectores que necesitan una especial protección (menores, víctimas, etc.), o, en este caso, falsos. Ante tal falta de ética y, sobre todo, ante las causas que pueden inducir a un profesional a actuar de tal modo nos debemos plantear la necesidad de introducir mecanismos que lleven al medio y al periodista a regular su propia actividad para que prime la información, con las propiedades que de ella se debe desprender. Por desgracia, tanto en España como en Estados Unidos, los organismos de este tipo son escasos.
  1. No se debe menospreciar el poder de los medios digitales. Forbes, una revista digital emergente a la que, aparentemente, no había que conceder gran importancia, es capaz de destapar un escándalo que conmociona a una de las principales publicaciones estadounidenses. De la forma más sencilla, siguiendo los pasos que los “gigantes” habían olvidado. Realizar un buen trabajo no va incluido por defecto en el ADN de los medios tradicionales, como tampoco está desligado de los medios digitales; ejemplos como este ponen de manifiesto que el respeto en periodismo se debe ganar independientemente del soporte en el que se trabaje.

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Ariel Segal, analista de la BBC, aseguró que la salvación de los medios tradicionales depende de conceptos como el prestigio o la credibilidad. Tan privilegiada posición sólo se consigue mediante la constante verificación de fuentes y datos para hallar la verdad. Los medios digitales, por su parte, no gozan de las garantías que la tradición del papel parece ofrecer a los usuarios, y son muchos quienes los leen con una mezcla de desconfianza y escepticismo. Según un estudio de The New York Times, el 60% de los consumidores de esta publicación confían en el sempiterno papel, y el 85% recurren a él para contrastar la información que conocen a través de la red.

Sin embargo, en la actualidad prensa, radio y televisión distan del ya mencionado prestigio. Desde fotomontajes burdamente orquestados hasta errores garrafales cometidos por la falta de verificación, cada mes la sociedad (y, paradójicamente, las cabeceras digitales) sonrojan al medio de turno. Uno de los últimos casos conocidos lo protagonizó el diario El País el pasado 24 de enero, al difundir una fotografía del Hugo Chávez agonizante, que finalmente no resultó ser tal, sino la captura de un vídeo en el que no aparecía el presidente venezolano. Sensacionalismo, populismo, pero ni pizca de periodismo.

La rapidez e inminente necesidad de exclusividad de los medios les conducen a importantes fallos; una excusa pero no una justificación. Este tipo de actos no sólo desligan a los medios tradicionales del prestigio antaño conseguido, sino que perjudican a la profesión en general. Las cifras no mienten: según un estudio del Pew Reseach Center de julio de 2012, la credibilidad de los medios ha descendido un 6% en el último año. Si echamos la vista atrás, el dato es aún más alarmante: en sólo diez años, el respeto del público por los medios ha caído de un 71% a un 56%.

En definitiva, el periodismo es una profesión apasionante, que en ocasiones llega a deslumbrar. A la vez no está exenta de problemas que dificultan la labor del periodista, quien puede estar tentado de elegir el camino fácil; una vía directa hacia una fama innecesaria, inmerecida y, sobre todo, perjudicial para una de las pocas profesiones que intenta salvar obstáculos para llegar hasta la verdad, haciendo a la sociedad un poco menos ignorante y, sobre todo, un poco más libre.

Caso Stephen Glass y la integridad periodística
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